Ejercicios creativos

Hay que sacar tiempo para escribir, aunque la vida que llevamos nos arrastre a estar tan ocupados que nos empuje a postergarlo. Una de mis formas de ejercitar la escritura es ponerme dos o tres canciones y escribir, sin pensar, lo primero que se me pase por la cabeza. Y si veo que voy a acabar una frase y no sé qué voy a poner después, agarro la primera palabra de la canción que esté sonando y la utilizo para comenzar una nueva frase.

Así han nacido textos como estos:

1 Él sabía que no valía nada, que no podía limpiar la suciedad que había ido dejando tras de sí a lo largo de su vida, las mentiras, los corazones rotos, las estúpidas respuestas de borde… Sin embargo, ahora se esforzaba en ocultar todo eso y mostrar una buena cara, una versión mejorada de sí mismo. Esperaba que no se le notara mucho mientras aguardaba en la cola para rendir cuentas a Dios.

2 El otro día me paró un chico en la calle. Era un joven de veintipocos años. Llevaba el cabello corto, iba bien afeitado y sus ropas eran lo que un adulto consideraría normales. Tenía un gesto de preocupación en la cara. «Perdone», me dijo con una hoja de papel en la mano, «¿ha visto a este chico?, es mi mejor amigo, llevo mucho tiempo buscándole pero no le encuentro». Cogí el papel. Era el típico cartel de Se Busca con el rostro de un chico joven impreso.

Era él.

3 Enfadada, la niña huyó de la sala, atravesando pasillos y estancias que nunca había visto y que no estaban allí cuando entró. En la carrera perdió su cinturón de piel rojo, cuando se cruzó con un joven que también corría como ella y que, al verla, no se detuvo.

La niña atravesó un largo pasillo, al final del cual había una puerta. Al otro lado descubrió que estaba el mundo y, tras él, la vejez. La niña, convertida ya en anciana, no dejó de correr mientras lloraba por la ausencia de propósito y de sentido de la vida, se quejaba de la rapidez con la que el tiempo pasaba y lamentaba haber emprendido una carrera que no merecía la pena. Un día decidió parar para meditar sobre todo eso y al hacerlo se murió. No se encontró ni rastro de su vestido ni de sus cabellos canos. De ella no quedó más que el cinturón rojo.

Todavía lo tengo.

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