El inmaculado cuello del vampiro

Me publicaron este relato en la revista La Sirena Varada de la editorial mexicana Dreamers, en mayo de 2018. Está revisado con algunos pequeños cambios respecto a esa publicación.

Moraleja (sin spoilers): Cuando te muerda un vampiro no dejes que las heridas se curen solas…

El inmaculado cuello del vampiro

Conocí a Nacho porque mi amigo Julián celebró en su casa su último cumpleaños. Igual que a mí, le gustaban la lectura y las películas antiguas. No tardamos en congeniar.

Estuvimos riendo, jugando a las cartas, bebiendo cerveza y fumando porros con el resto de amigos, que se fueron marchando poco a poco. Al quedar solos, propuse una cerveza más antes de irme.

Mientras yo abría las latas, Nacho puso la televisión. Ilustraban un reportaje sobre la violencia ancestral entre vampiros y skins con imágenes de personas muertas.

Imagen de Enrique Meseguer en Pixabay

–Solo muestran las marcas de los dientes –señalé.

Apuramos la cerveza y el último canuto. Nacho se ofreció a acompañarme, le contesté que no era necesario y no insistió.

Caminaba en dirección a mi auto cuando me crucé con los skins. No me considero un cobarde, pero volví sobre mis pasos y avancé por una estrecha callejuela que daba a una plaza. Un gato se me cruzó entre los pies. Trastabillé y caí al suelo. Me levanté maldiciendo al felino y continué mi huida. Giré a la derecha y llegué a la plaza.

Los cabezas rapadas habían rodeado a unos vampiros, que mostraban sus colmillos ensangrentados y trataban de atemorizarlos con aullidos que no eran ni humanos ni animales. Algunos skins se lanzaron con furia contra ellos, armados con bates y puños americanos. Los vampiros, enloquecidos, respondieron atacando con las fauces abiertas.

Los skins, más fornidos y preparados, redujeron el ataque, pero no pudieron evitar la masacre. Vi volar trozos de cuerpos humanos entre golpes y mordiscos. El hedor era horrible.

Huí de allí aterrorizado. Al doblar una esquina tropecé con un cubo de basura. En la caída mi cabeza golpeó el asfalto. Mareado, traté de levantarme. Me apoyé en la pared. Solo pensaba en seguir corriendo…

Entonces me agarraron por la espalda y me elevaron hasta un balcón.

Una adolescente pelirroja y pecosa me miraba con curiosidad. Vi que estábamos en un primer piso, cerca del suelo. La muchacha adivinó mis intenciones y me puso una mano sobre el hombro. Noté su tacto helado a través de la tela de mi camisa. De la nada apareció otra más joven, casi una niña. Si no fuera por la diferencia de altura, habría dicho que eran gemelas. Las miré con horror. Tenían manchas de sangre entre los dientes.

Les supliqué por mi vida. Pero, sin decir palabra, se abalanzaron sobre mí.

Sentí un dolor agudo en el cuello que se transformó en una húmeda sensación de placer que me arrastraba hacia algún lugar…

Fue un gozo breve porque de pronto ambas retrocedieron con gestos de asco. Las vi escupir y limpiar en sus vestidos vaporosos los restos de mi sangre. Voy demasiado borracho o drogado para ellas, pensé. Empecé a reír a carcajadas, la razón me había abandonado.

No me di cuenta de su marcha hasta que me hube calmado. Afortunadamente, estaba en un primer piso. Salté y, encogido como otra sombra más de la noche, corrí hacia mi coche.

Cuando el motor arrancó, suspiré aliviado.

Al llegar a casa me miré en el espejo. Mi aspecto cadavérico me hizo dudar sobre mi condición humana. Notaba el dolor de las mordeduras en el cuello. No, yo aún era humano.

No tenía calmantes en casa, así que me acosté con la esperanza de dormir un poco. Según me encontrara por la mañana, decidiría si ir al médico o no.

Pasaron los minutos. Me fui calmando. También los dolores se fueron apaciguando. Había estado cerca.

Miré la hora en mi teléfono móvil. Casi las siete de la mañana. Debí de haberme quedado dormido. Llamé a Julián y le dejé un mensaje en el contestador, contándole muy por encima lo sucedido. Al rato me devolvió la llamada. Tenía un día complicado pero avisaría a Nacho para que me visitara. Dije que no era necesario, pero insistió.

Pasé el día en cama. Comí una triste manzana, que no me supo a nada. La adrenalina había desequilibrado mi organismo. Bebí agua, convencido de que pronto mi estómago admitiría alimentos. Todavía tenía el susto en el cuerpo.

Me duché y me cambié de ropa. Aunque mi cara seguía demacrada, quería que Nacho me viera bien para cuando hablara con Julián.

Dormí un rato más. Desperté a media tarde, algo más animado. Me conecté a internet buscando noticias de la trifulca de anoche, pero los diarios no se hacían eco. Las luchas entre skinheads y vampiros para controlar el tráfico de drogas eran tan frecuentes que ya no suponían noticia de interés. Obviamente, también busqué información sobre mi ataque. Respiré tranquilo al no encontrar ninguna mención.

Me sentía agotado, como si hubiera corrido una maratón, pero no sentía dolores. Eso me tranquilizó. Los mordiscos del cuello tenían buen aspecto, no iban a infectarse. Empecé a ser optimista. Si por la mañana seguían igual, nadie tenía por qué enterarse de que había sido atacado. Tenía las vacunas al día, pero en un par de semanas me haría una analítica para descartar haber contraído alguna enfermedad. Todo quedaría en un gran susto.

Al rato recibí la llamada de Nacho. Me confirmaba que llegaba hacia las nueve con unas amigas suyas, por lo que aprovecharía para traer algo y cenar todos. Me pareció bien.

Volví a ducharme, esta vez con agua muy caliente, que recorrió mi cuerpo como una ola placentera. Salí envuelto en la toalla. Pensé en mirar las marcas de mi cuello, pero el espejo se había empañado. Me vestí en el baño, con una camisa que ocultaba los mordiscos. Nacho no tardaría en llegar.

Pasadas las nueve, llamaron al timbre. Abrí. Entré en la cocina en busca de cervezas mientras el ascensor subía.

–He traído la cena –dijo Nacho a mi espalda–. Y he invitado a mis amigas. Espero que no te importe.

Las latas se me cayeron al suelo. En la puerta de la cocina estaba Nacho y, tras él, las dos niñas pelirrojas con sus mismos vestidos vaporosos y sus sonrisas de sangre. De sus manos colgaban unas ratas moribundas.

Espantado, intenté hablar pero la voz no me salió. Instintivamente, me toqué las heridas con la yema de los dedos.

–Tranquilo. Para los postres se te habrán curado del todo.

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