El inquilino del espejo

Una versión más reducida de este cuento fue seleccionada para el libro «V Concurso de Microrrelatos Miedo en tus Ojos» de la editorial ya desaparecida Ojos Verdes Ediciones. Se publicó con el ISBN 9788416524563 en 2017. No lo he encontrado a la venta.

La reduje para que cuadrara con la extensión que exigían las bases. A pesar de que esta es la versión más desarrollada, le veo algunos defectos, pero así se va a quedar.

El inquilino del espejo (1ª parte)

Terminé de contar hasta 10 y corrí por el huerto. Miré en el gallinero, también en el granero. Grité su nombre una vez. Como no estaba, me dirigí a la casa, dejando atrás la acacia, de una de cuyas ramas colgaban dos sogas. Una vez habían sido un columpio, pero padre había quitado la tabla que las unía y no había puesto otra.

Imagen de Enrique Meseguer en Pixabay

Entré directo a la cocina. Una vez había pillado a Juan escondido en una de las alacenas donde se guardaban las escopetas. Mi siguiente opción, al no encontrarle allí, era mirar debajo de las camas de los dormitorios. Pero mamá desbarató mis planes cuando entró muy seria, con una ratonera en la mano.

–¿Qué te tengo dicho de esto, Raúl Argandona Escribano? Que no se toca, ¿me oyes? Que esto es para cazar los ratones que se cagan en el grano y lo estropean. ¿Te has enterado o mañana voy a tener que repetírtelo otra vez?

Me encaré con mi madre, que me volteó y me dio un azote en el culo con una sandalia.

–¡No respondas así a tu madre! El viernes te quedarás con Don Braulio después de la catequesis y vas a aprender respeto, ¿te has enterado? ¡Pero a quién habrás salido!

Me fui a mi cuarto, con la nalga dolorida y enfadado. ¡No había hecho nada! La trampa estaría rota o el ratón escaparía después de comerse el queso, yo qué sé. Me tumbé en la cama. Lloré durante bastante rato. Creo que una vez mi madre me llamó pero no contesté. En cambio, cogí mi cuaderno y escribí cuánto la odiaba, escribí tanto que se hizo de noche.

Cuando mamá tuvo la cena preparada vino a aporrear la puerta de mi habitación. Le grité que no quería cenar, que me dejara tranquilo.

–Como quiera el señorito. Ya saldrás cuando tengas hambre.

A la mañana siguiente desperté con el tiempo justo de coger el autobús del colegio. Tuve que correr, porque saliendo por la puerta él que arrancaba. Al subir me acordé de Juan. Quise bajar pero doña Herminia me dio un pescozón y me clavó el anillo en la coronilla. Luego me empujó y caí en un asiento. Pasé la mañana en clase, rascándome la herida y pensando en él.

–¡Mamá! –grité, cuando el autobús me dejó en la puerta de casa, a última hora de la tarde–, ¿has visto a Juanito?

Mamá me miró con ojos tristes y no contestó. Fui a su habitación, donde estaban sus cosas, todas ordenadas. En la pared estaba el espejo que padre había comprado a un buhonero el invierno pasado, un vendedor ambulante, medio gitano, al que nunca volvimos a ver en el pueblo. Era un espejo que llegaba casi al techo y con un marco negro que olía a ratas, a pesar de que padre se esmeró en limpiarlo con el betún de las botas. ¿Cómo había sido tan estúpido de olvidarme de él?, me dije, llorando.

Mi hermanito nunca apareció.

Pasaron las semanas y un día Lucas, mi mejor amigo, al que todos llamábamos Balilla, no fue a la escuela. En cambio, vinieron sus padres, que nos contaron, muy tristes, que había tenido un accidente. Al parecer estaba jugando cuando se subió al tractor, resbaló y cayó, con la mala suerte de golpearse en la cabeza con el borde del remolque. No había nadie con él. Cuando lo encontraron ya se había muerto.

Recordé que habíamos hablado de construir una casa en uno de los árboles cerca del río. Iba a ser nuestro club, solo para nosotros, sin chicas. Durante el invierno habíamos estado recogiendo los tesoros que guardaríamos allí: canicas, muñecos, nuestros tebeos y los cigarrillos que había robado en el bar y que aún no nos habíamos atrevido a fumar. Aunque creo que él ya los había probado.

Pero nada de eso sucedió. En cambio, tuvimos que acudir al entierro, el colegio al completo. Fue muy triste porque además llovía y, en el trayecto desde la iglesia al cementerio, la caja resbaló al suelo dos veces. Si se cae otra vez se romperá, escuché a alguien decir. Es que estaba gordo, dijo otra voz.

Cuando llegamos al cementerio hubo suspiros de alivio. Metieron la caja en un agujero y la taparon con el barro. También caían piedras que golpeaban con fuerza la madera. Yo, con la ropa empapada, lloraba por él pero pensaba en Juanito.

Saliendo del cementerio, la señora Cecilia se me acercó. Me asusté, porque en el pueblo todos decían que era meiga. Además de su fealdad y de que nadie, ni siquiera los más viejos, la recordaba de joven, no había pruebas que lo confirmaran.

–Yo he de contarte algo –me dijo–, pero hoy no.

–¿Usted tiene que contarme algo? –repetí, incrédulo.

–Cuando tengas las preguntas, búscame y te daré respuestas.

La señora Cecilia se marcho a paso rápido, dejándome asombrado. Era la primera vez que hablaba con ella.

Cuando llegué a casa metí mis muñecos y los cigarrillos en una bolsa negra, la bolsa en una caja y la caja en un agujero en suelo del corral. Le eché tierra encima. Vi a padre mirándome desde la puerta, sin decir nada. Ese verano empecé a trabajar en el campo. No volví a la escuela.

Pasaron los años y crecí fuerte y sano. Como era un chico espabilado, me pusieron a organizar las cuadrillas de trabajadores de los terratenientes, con lo que me libraba de las peores tareas. Además ganaba más dinero y pronto pude alquilar una habitación en un hostal a las afueras de la ciudad, donde me fui con la pequeña maleta de cartón de la familia. Ya tenía veintidós años y una moto con la que me desplazaba a los pueblos de alrededor. También fue cuando empecé a tener mis primeros escarceos amorosos. Era un tiempo en el que había que ir con mucho cuidado. Todavía la guardia civil podía detenerte por ir muy cerca de otro chico y llevarte preso si entendían que podía haber algo más que una casta amistad. Pero todo estaba cambiando en las ciudades, y ese cambio, pensaba yo, no tardaría en llegar también a los pueblos.

Era domingo, pasadas las nueve de la noche, cuando, después de un revolcón furtivo con el hijo del notario, llegué al hostal y en recepción me dieron un aviso. Me habían llamado varias veces del pueblo. Algo grave había pasado.

Cogí la moto y cuando llegué vi jaleo en la puerta de mis padres. Tuve que apartar a los vecinos a empujones para poder entrar.

–¡Jesús bendito, niño! ¿Pero qué les ha pasado, qué les ha pasado? –lloriqueaban las vecinas al salir.

Entré en la casa, que estaba llena de guardia civiles y policías. Todos miraban hacia la habitación que había sido de Juanito. Los aparté a codazos. Mamá yacía tumbada en la cama, las palmas hacia arriba, con un camisón blanco rasgado y los intestinos por fuera. Padre estaba sentado en el suelo, con las piernas abiertas y la escopeta entre ellas. En el lugar de la mandíbula colgaban pellejos que goteaban sangre. La escena, más oscura, como tiznada de carbón, se repetía en el espejo como una vieja pintura de mal gusto.

Dos días más tarde los enterré. Me reconfortó ver que todo el pueblo asistió al sepelio, incluyendo la señora Cecilia. La recordaba perfectamente porque estaba igual que en el entierro de Balilla. Cuando me miró se me erizó la piel.

La policía me entregó un informe de dos páginas lleno de vaguedades. Solo frases hechas, excepto que mi madre había tenido tres abortos antes de extirparle la matriz. No lo sabía.

La señora Cecilia se me acercó y me dijo:

–Hay muchas cosas que no sabes de tu familia.

–¿Qué quiere usted? ¿No cree que ahora no es el momento?

–Comprendo. No tienes aún las preguntas. Te acompaño en los sentimientos –respondió, y se marchó.

Otras personas se acercaron a darme el pésame y preferí olvidarme de aquella loca. Cuando todo acabó, doné unos pocos enseres a la iglesia y quemé todo lo demás.

La última noche antes de regresar a la ciudad, el anciano padre Braulio me visitó en casa de mis padres. Llegó con la hermana Herminia empujando su silla de ruedas. A pesar de las circunstancias, mostró una alegría sincera al verme.

–Lamento no haber ido a darles el último adiós pero con esto ando limitado –me dijo, señalando su silla de ruedas–. Menos mal que ella me ayuda. Nunca entenderé qué ha podido pasar por la cabeza de tu padre, lo que ha hecho no es en absoluto propio de él…

–Se lo agradezco igualmente, padre. Por cierto, me gustaría preguntarle por la señora Cecilia.

–¿Por qué? –dijo preocupado–. ¿Es que te ha dicho algo inapropiado?

–No, no. Es una mujer un poco rara, ¿no le parece?

–Tiene fama de bruja. Yo no sé nada de ella, pero no me fiaría.

Me lo pensé y decidí no insistir.

–Gracias, padre. Seguiré su consejo.

Me despedí del padre Braulio y de sor Herminia, con la sensación de que nunca les volvería a ver.

Aunque no pensaba vivir allí, decidí dejar la casa preparada con lo mínimo imprescindible: el comedor, un baño, un dormitorio con una cama y un armario de madera de una puerta. Además del que había sobre el lavabo, necesitaba un espejo para la habitación. Y, junto a la pared del armario, colgué el otro espejo que quedaba en toda la casa.

Abandoné los tebeos en el altillo del armario y repartí las fotos por el comedor. Necesitaba cerrar esa etapa de mi vida para empezar una nueva.

Con muy pocas cosas en la maleta me trasladé a la ciudad a vivir y olvidar. Fue cuando conocí a Lluis, un profesor de universidad diez años mayor, y empezamos una relación. Nos registramos como pareja de hecho, una de las primeras en la ciudad. Fueron los años más felices de mi vida. Casi me olvidé del pueblo, de la señora Cecilia y hasta de Juanito.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable HIPÓLITO QUINTANA.
  • Finalidad  Moderar los comentarios. Responder las consultas.
  • Legitimación Tu consentimiento.
  • Destinatarios  Interdominios.
  • Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional Puedes consultar la información detallada en la Política de Privacidad.