El inquilino del espejo 2

Esta es la segunda parte del relato.

Moraleja: nunca te fíes de un espejo.

El inquilino del espejo (Final)

Con el apoyo de Lluis me dediqué a estudiar y crearme un futuro estable. Durante años, cada verano me pedía que fuéramos de vacaciones a mi pueblo unos días, a lo que yo siempre me negaba.

Un verano decidimos alquilar la casa. Tenerla a mi nombre solo me ocasionaba gastos y nunca iba a volver a vivir allí. Conseguiríamos un dinero extra con el que pagar esos gastos y lo que sobrara lo ahorraríamos. Me avine a que Lluis conociera la casa donde crecí, en la que vivió mi familia. De paso, comprobaría su estado, recogería los antiguos tebeos y los libros que quedaran de mi abuelo, si es que quedaba algo. Probablemente también las fotos.

De camino, en el coche, le conté toda la historia de la familia, incluyendo la desaparición de mi hermano Juan.

–Nunca me habías hablado de él –dijo.

–Es curioso. Lo había olvidado hasta ahora.

Llegamos a la casa que, para su edad, no estaba en un estado demasiado deteriorado. Las construcciones antiguas ya se hacían con idea de perdurar.

Lluis la recorrió mientras yo guardaba en una carpeta las pocas fotografías familiares, amarilleadas por el tiempo, que dejé colgadas. Luego metí en una caja de cartón mis tebeos y los libros del abuelo, que tenían más de cien años, con intención de venderlos en alguna librería de lance.

–Me gusta este espejo, Raúl. ¿Por qué no nos lo llevamos? Nuestro apartamento tiene los techos altos. Me parece que tiene la medida perfecta para la pared del pasillo.

No tuve tiempo de negociar. Cuando terminó de hablar, Lluis ya cargaba con el espejo en dirección a la camioneta.

Mientras cargaba la última caja con libros, Lluis entró en la casa para tomar unas últimas fotos para la inmobiliaria. Entonces una figura negra apareció por la esquina y vino hacia mí.

–¿Me recuerdas, muchacho?

–¿Usted? –dije extrañado al reconocer a doña Cecilia–. ¿Pero cómo puede ser? Está igual que…

–¿No quieres preguntarme nada?

Me quedé pensativo unos segundos. Luego me decidí.

–Yo… ¿Usted sabe que yo tenía un hermano?

–Lo tuviste. Y que sepas que te buscará.

–¿Cómo? No la entiendo.

La mujer miró al cielo.

–Te está buscando. Muy pronto saldrás de dudas.

Lluis salió de la casa y cerró la puerta con llave. Cuando ella le vio, se persignó y se marchó con su mismo paso ligero de siempre.

–¿Quién era? –me preguntó.

–Nadie. Una anciana, conocida de la familia. ¿Has terminado con las fotos?

–Déjame hacer alguna de la fachada trasera y nos vamos.

Lluis hizo las fotos mientras yo esperaba en el vehículo. Solo había hablado tres veces en mi vida con aquella mujer, y no habría más, si podía evitarlo. Mi intención era pasar las fotos a la inmobiliaria, y que ellos se encargaran de todo. Cuando Lluis regresó, me despedí en silencio de aquel lugar para siempre.

De camino a la ciudad, Lluis volvió a preguntarme por mi hermano. Me impresionó lo poco que recordaba de él.

–He visto que has recogido fotos de tus padres y de tus abuelos. Tienes dos tomadas con otros niños en la era del vecino, otras dos durante las fiestas del pueblo, una más en el pupitre del colegio… Pero no hay ninguna de tu hermano.

Mi esposo creía que la historia de mi hermano era un falso recuerdo, inventado, porque no guardo ninguna foto suya. Me removí incómodo en el asiento del vehículo.

–Antes lo de las fotos no era como ahora.

–Ya. Pero no tienes ninguna.

No volví a hablar durante el viaje.

A las seis semanas, un comercial de la inmobiliaria nos llamó. Tenía la primera oferta.

Pasaron algunos meses de relativa calma. El espejo, curiosamente, quedaba perfecto en el hueco pensado por Lluis. El olor del marco casi había desaparecido, aunque yo lo notaba si se acababa el ambientador. La casa no siempre estaba alquilada, pero aun así nos resultaba rentable.

Quizá porque con el tiempo llega la nostalgia, sentí la necesidad de ver las viejas fotos familiares. Aun desdibujados por el tiempo, los miembros de la familia eran reconocibles: estaban mis padres, los tíos y primos, algunos vecinos… En ninguna aparecía Juan. Había dos en las que aparecíamos la familia al completo. A todos, en algún momento, nos habían retratado: un cumpleaños, una comunión, festividades religiosas… Todos excepto Juanito. ¿Nunca se hicieron mis padres una foto con él? ¿Ni nos la hicieron a los dos hermanos juntos? A mí me tomaron cuatro o cinco siendo un bebé, ¿y a mi hermano ninguna? No podía negar que era extraño.

También me pareció raro haberme olvidado de él, como si nunca hubiera existido. Pero estaba su habitación, una habitación que no era la mía, con ropa y juguetes que no eran los míos… Cosas de un niño que parecía no haber existido.

Una noche, después de cenar, me quedé en el sofá, dormido, mientras esperaba a Lluis, que se había retrasado por una reunión en la universidad. De repente un ruido me despertó de golpe. Llamé, pero nadie contestó. Salí al pasillo y (sé que parece una locura) me pareció ver una sombra rodeando en el espejo. Tuve un escalofrío por la columna, como una descarga eléctrica. Salí a la calle, aterrado, donde esperé que Lluis llegara.

Cuando mi marido llegó, yo todavía sentía escalofríos. Me preguntó si me encontraba mal, me tocó la frente en busca de fiebre. Dije que estaba bien y entramos. Al cruzar el pasillo desvié la mirada para evitar el espejo.

La segunda vez fue peor. Sin duda, volví a ver esa presencia atravesando el cristal, lenta y decidida.

Fue unos días después. Estábamos dormidos y desperté de repente con un mal presagio. Por delante de la puerta del dormitorio la vi cruzar con nitidez. Una siniestra sombra que parecía deslizarse en el aire. El corazón me iba a estallar. Zarandeé a Lluis, porque no me salía la voz, pero no despertó. Todos mis músculos estaban rígidos de pavor. Hice el esfuerzo de bajar de la cama. Sentí el helor del suelo en la planta de los pies.

Asomé la cabeza por la puerta y la vi al final del pasillo. La presencia se había parado frente al espejo. Aunque no puedo asegurarlo porque estaba oscuro, diría que no tenía reflejo. Sin embargo, sí distinguía dentro del cristal la habitación donde habían muerto mis padres. En la pared donde antaño había estado colgado vi pintada una cruz de sangre. Sentí un sudor frío en las manos y me las froté, nervioso. La figura estaba inmóvil y, aunque no tenía rostro, yo sabía que me estaba mirando.

La sombra levantó lo que debía haber sido un brazo y señaló la cruz. Sentí una opresión en el pecho y traté de inspirar hondo pero el aire no llegó a mis pulmones. Luego vino hacia mí a gran velocidad y se me echó encima. Caí al suelo, gritando, preso del pánico.

Lo siguiente que recuerdo es tener a Lluis a mi lado, con un vaso de agua y un calmante.

–Tranquilo, ha sido una pesadilla, ya ha pasado…

–No, no ha sido una pesadilla, no ha sido una pesadilla, está ahí, lo he visto…

–¿Qué has visto?

–A Juan, he visto a Juan… Aquel día se escondió en el espejo… Por eso no lo encontré…

–Estás en shock. No sabes lo que dices. Tómate esto y descansa.

Empecé a dormir de día, a base de somníferos, para no estar solo en casa, porque por la noche me era imposible conciliar el sueño. Eso hizo que no descansara bien y acabara viviendo en un estado de nervios constante. En cinco semanas perdí casi nueve kilos. Lluis me llevó a un médico, que me recomendó descanso para el estrés.

Pero yo no estaba estresado.

Tras la consulta, regresamos a casa. Lluis preparó dos tazas de valeriana que compartimos, sentados en la mesa de la cocina.

–Desde esa noche su pauta ha cambiado –expliqué–. Ahora ya no sale del espejo, se queda ahí mirando. Yo lo veo. No del todo, porque si lo miras de frente se esconde o se va. Sabes que está ahí porque el cristal está un poco más oscuro de lo normal, un poco solo… pero no logras verlo. Así que si lo quieres ver, tiene que ser de reojo. Si lo miras directamente, desaparece. Después, vuelve a estar ahí. A mí me pasa, no puedo dejar de verlo, pero siempre por el rabillo del ojo –podía tomarme por loco, pero no tenía nadie más en quien confiar.

–¿Te estás escuchando, Raúl? Lo que dices no tiene sentido.

–Lo tiene. Ella lo sabía.

–¿Quién?

–La mujer del pueblo, la anciana con la que hablé, ¿la recuerdas?

–¿La del día de las fotos?

–Es una bruja. Él te buscará, me dijo. Ella me advirtió.

Una sombra de duda cruzó la mirada de mi esposo.

–Muy bien, Raúl. Vamos a acabar de una vez con esto. Voy a ir a la casa de tus padres y echaré abajo esa pared, donde viste la cruz. Si encuentro algo, decidiremos qué hacer. Pero no quiero que te quedes solo.

Después, Lluis hizo dos cosas: solicitó mi ingreso en una clínica; luego, se marchó con un pico y una pala en el maletero del coche, en dirección al pueblo.

Eso fue un viernes. El lunes me visitó en la clínica. Cuando le vi, estaba pálido. Me enseñó unas fotografías tomadas con una Polaroid. Eran fotos de una bolsa de plástico con lo que parecía un esqueleto humano.

–Abrí un agujero en la pared y esto es lo que salió, Raúl. A mí me parecen humanos aunque podrían no serlo. Ahora podemos hacer dos cosas: olvidarnos de todo este tema y deshacernos de ella… –hizo una pausa–, o pagamos a un laboratorio para las pruebas genéticas.

–Necesito saberlo, Lluis. Si la bruja tenía razón. ¿Cómo podemos pedir esas pruebas?

–Ya me he informado. Cuestan unas ciento cincuenta mil pesetas. Tienen que hacerte un informe firmado por tu psiquiatra y un médico forense. Y tienes que rellenar este formulario.

Entregamos los restos a la policía, haciéndoles creer que los habíamos encontrado al empezar unas obras de reforma. Tramitamos la solicitud. Luego, esperamos nueve largas semanas.

Cuando nos entregaron el sobre con los resultados, yo estaba muy nervioso. Nos explicaron que un resultado negativo es concluyente, pero no al contrario. En caso positivo existe un margen de error, tan pequeño que se suele descartar, pero existe. Menos de uno entre un millón. Si mi ADN coincidía con el de los huesos encontrados, significaría que mis padres habían tenido otro hijo que había sido emparedado, posiblemente por ellos. Mi hermano Juan.

En ese caso, era lógico pensar que se podrían haber desecho de las fotos. Quizá, por remordimiento, no se atrevieron a tocar su habitación. Los padres guardan intactas las cosas de los hijos cuando se les mueren. Debieron pensar que como yo era pequeño apenas me acordaría de él. Si el resultado de las pruebas era positivo, todo tendría sentido. Aunque, seguramente, nunca sabríamos por qué murió.

El informe confirmaba que eran restos de un varón de cuatro años, pero sus genes no eran compatibles con los míos.

Lluis se marchó unos días con su hermana. Unos días más tarde, yo pedí el alta voluntaria, abandoné la clínica y volví a casa.

Pasaba las noches en vela y los días llorando, no siempre de pena.

Un día me harté y volví al pueblo. Busqué a la bruja pero no la encontré. Nadie supo darme noticias de su paradero. Visité la iglesia para hablar con el padre Braulio pero llevaba un año fallecido. Sor Herminia no sabía nada. Regresé a casa con las manos vacías.

Poco a poco el tiempo pasó y las aguas volvieron a su cauce. Lluis y yo retomamos nuestra vida en común. Solo iba dos veces a la semana a terapia, el psiquiatra me redujo la medicación. Gané unos kilos, mi aspecto era más saludable. Hicimos un viaje al extranjero.

Sabía que todo había empezado al traer aquel maldito espejo a casa. Sin embargo, ni Lluís ni yo nos atrevíamos a plantear la posibilidad de deshacernos de él. Cada uno por sus propias razones.

Un día, casi un año después de conocer los resultados del test genético, bajé a la calle a comprar algo y, al pasar por delante del kiosco, me quedé observando los periódicos. Maldije mi estupidez.

Telefoneé a Lluis. No le gustó nada que volviera a rondarme el tema por la cabeza.

–¿Por qué no puedes olvidarlo? Aquellos huesos no eran de nadie. Nunca tuviste un hermano, y si lo tuviste nunca sabrás qué fue de él. Asúmelo. Quizá solo es un falso recuerdo. ¿Por qué no dejas de obsesionarte? ¿Por qué no paras ya de una vez?

–Necesito un último favor, Lluis, una última comprobación. Por favor…

–¡Olvídalo!

Lluis tenía acceso a los archivos de la universidad, que incluían publicaciones periódicas desde finales del XIX. Le pedí su tarjeta de acceso para consultar los registros locales de la hemeroteca. Como se negó, un viernes que se marchaba a pasar el fin de semana con su hermana se la tuve que robar.

Empezaría desde mil novecientos ochenta, cuando yo tenía ocho años, e iría hacia atrás. Preveía que la investigación sería rápida puesto que, cuando desapareció mi hermano, aquel espejo no debía de llevar en casa más de uno o dos años en casa. Yo mantenía un vago recuerdo de la habitación sin él.

Hacia las ocho de la tarde me colé en la universidad utilizando su pase. Me dirigí al edificio donde se custodiaba el archivo y comencé a revisar las publicaciones periódicas del pueblo: periódicos, revistas locales, hojas parroquiales… En concreto, me centré en la sección de sucesos y las esquelas.

Casi cuatro horas después lo encontré. Un pequeño anuncio de una feria itinerante que casi paso por alto. No me lo podía creer.

Arranqué la página y encendí un ordenador. Busqué el nombre de la feria pero no di con nada de interés. Sin embargo, cuando introduje el del buhonero, encontré que se mencionaba en una serie de reportajes relacionado con la compraventa de bebés durante los años sesenta.

Imprimí varios de esos reportajes. Después arranqué la hoja del periódico. Regresé en taxi al apartamento, releyendo una y otra vez la breve reseña del periódico local que casi me pasa desapercibida: Llega Al Pueblo La Primera Feria Itinerante. Bajo ese titular, la foto borrosa de un buhonero, un niño pequeño, y, al fondo, entre otros cachivaches, un espejo alto y estrecho.

Entré y me senté en el suelo, frente al espejo, jadeando, excitado y aturdido a la vez.

–¡Sé quién eres! ¡Sé qué te ha pasado!

La puerta del dormitorio se abrió y apareció Lluis. Me encontró arrodillado, rodeado de papeles y la hoja del periódico en la mano, mostrándola al cristal.

–¿Qué has hecho, Raúl?, ¿¡qué has hecho!?

–¡Sé lo que ha pasado, Lluís! ¡Al fin lo sé!

–¿Me has robado la tarjeta de la universidad? ¿Pero sabes el lío en el que me puedes haber metido? –Lluis se tapó la cara con las manos. Cuando se calmó, me dijo: –He estado hablando con mi hermana. Me voy a vivir con ella.

–¡No me has entendido! ¡Le he encontrado! –insistí, tirado en el suelo.

–Pero mírate, Raúl. ¡Estás loco! ¡Loco! –y se fue dando un portazo.

El lugar quedó en silencio.

Entonces, miré el fondo del espejo y dije:

–Sé quién eres, ¡lo sé! Cuando yo era pequeño, tu padre y tú llegasteis al pueblo en una feria itinerante. Mis padres querían otro hijo y te robaron o te secuestraron, no lo sé, probablemente te compraron cuando compraron este espejo. Luego te pasó algo, quizá un accidente, no sé, algo te pasó y se asustaron, te metieron en la bolsa y se deshicieron de ti, ¿verdad? –el espejo reflejaba mi cara demacrada. Me sentí mareado, traté de calmarme–. Tu padre debió de arrepentirse porque regresó a buscarte pero ya no estabas y por eso los mató, ¿verdad? Mis padres te mataron y el tuyo mató a los míos. Eso fue lo que pasó, ¿verdad? ¿Verdad? –me quedé mirando mi propia imagen, oscurecida como por una capa de carbón. Mis ojos en verdad tenian la mirada de un loco. Este era el momento. Esperé pero no pasaba nada. Me sentí desesperado, angustiado. ¿Por qué no dices nada? ¿DIME ALGO? ¿¡DIME ALGO!?

El frío mortal de la noche entró y se adueñó de todos los rincones del apartamento. Me quedé exhausto, en el suelo del pasillo, frente al espejo, sintiendo el frío que me calaba hasta el tuétano. Las lágrimas me corrieron mejillas abajo. Me dormí.

Pasadas las tres de la madrugada un ruido me sobresaltó.

–¿Nos vamos? –preguntó una voz infantil.

La puerta se abrió. Un franja de luz iluminó unas batas blancas. Desde el otro lado vi el suelo donde yacía mi cadáver, junto a trozos de papel arrugado y fragmentos de un espejo roto.

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