Escribiendo teatro

Escribiendo teatro

Entre octubre y noviembre he tenido la posibilidad de coescribir dos obras de teatro. Una de ellas llegó a representarse.

Puede que asista al teatro dos o tres veces al año, igual que al cine; no voy más básicamente por economía. Que no es que sea caro y no valga lo que cuesta, sino que tengo que sumarlo a otros vicios como son comer varias veces al día, la hipoteca, la luz, internet… Vamos, los vicios modernos.

Tampoco soy lector habitual, aunque en casa tenga algún libro de alguna colección de clásicos. Fuera del ámbito escolar he leído muy poca obra dramática. Eso a mis 43 tacos.

Pero uno nunca sabe por donde le va a salir una oportunidad, así que como objetivo para el nuevo año me he propuesto leer más, al menos tres o cuatro obras. Puede parecer poco pero forma parte de un “pack” mayor que incluye, por ejemplo, leer un libro al mes (como mínimo) escrito por una mujer. Si surge la posibilidad de seguir escribiendo, el número aumentará.

¿Qué he aprendido después de esta experiencia? Es lo que quiero compartir en esta entrada:

Sobre escribir teatro

Una obra de teatro, por definición, es un texto largo (o relativamente). Con el formato correcto, cada página del guion equivale a un minuto de representación. Si incluyes alguna canción o juego que implique la participación de los espectadores, debes calcular su duración para conocer la duración total.

Cuando me pongo a escribir, lo más normal es que me salgan cuentos cortos. Escribir 60 páginas, que ha sido la media de las dos, ha sido un reto que me ha supuesto el trabajo (al que me estoy acostumbrando) de crear una escaleta previa y pensar qué cosas pasan y cuándo pasan, cómo se desarrolla la historia y cómo evolucionan los personajes. Después, una vez que he empezado a escribir, he necesitado crear una segunda escaleta donde iba poniendo cuántas páginas duraba cada acto (para que no quedaran muy descompensados entre ellos), qué elementos de atrezzo se utilizaban (un sombrero de cazador, un pollo de goma…), si había cambio de vestuarios o de escenarios, si sonaban músicas o canciones, si interactuaba el público…

Así tenía una visión global de la estructura de la obra y de la distribución los elementos a lo largo de la misma. Y eso teniendo en cuenta las limitaciones técnicas y físicas: por ejemplo, en una de las obras había dos actores que interpretaban un mismo papel (no voy a hacer más spoiler) y por lo tanto no podían salir juntos en escena…

Otro elemento que he tenido en cuenta es el público infantil al que se dirige la obra. Normalmente, cuando escribo, no pienso en un segmento ni un lector concreto, cosa que es un error de cara a una editorial: si escribes teniendo en mente un “cliente” (el lector), la “empresa” (editorial) tendrá más fácil colocar el “producto” (tu obra). Esto no deja de ser un negocio como otro. Pero cuando escribo nunca pienso en ningún lector, excepto en teatro. Aquí me ha costado encontrar los equilibrios: hacerla infantil pero no moña, con el contenido que me pedían adecuado y comprensible para el rango de edad del alumnado al que iba dirigida, y que los adultos la pudieran disfrutar también. Para mi nivel, ha sido difícil y he necesitado muchas correcciones, algunas importantes.

Conclusiones

  • Este género exige que visualices en todo momento qué hacen los actores (el que habla y el que no), mientras tienes en cuenta las limitaciones físicas, de atrezzo, técnicas… En un relato también, pero aquí mucho más.
  • Cada pocas páginas tienes que ir releyendo el texto para ver cómo suena en voz alta (escribí muchos diálogos demasiado literarios y tuve que modificarlos porque no sonaban naturales).
  • Es importante adecuarte al público al que se destina la obra. Aquí incluyo mi habilidad (o falta de ella) para tratar temas, por ejemplo la muerte, para un público escolar.
  • Al ser una creación larga, tienes que estar muy pendiente de las contradicciones e incoherencias. También de que el tono no decaiga o corres el riesgo de ver a la gente saliendo del teatro a mitad de representación.

Una última reflexión

Esta ha sido la primera vez que he trabajado como escritor de teatro, y para alguien que supervisaba mi trabajo porque sabía lo que quería. Esto es lo más importante que he aprendido: no hay que tener demasiado apego a lo que uno escribe. En serio, no es nada especialmente especial. Si un acto no es lo que me piden, o al leerlo queda aburrido, o hay “chistes” estúpidos, o el carácter de los personajes se va perdiendo conforme pasan las páginas… a reescribir. No hay drama, no saco a pasear el ego y digo que “mi genialidad no se entiende” y tonterías parecidas… Soy un currante de esto. Si hago algo mal o no es lo que me han pedido, se borra y a volver a empezar. Sin dramas.

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