Los jardines lastimados

Los jardines lastimados

Terminé de leer «El árbol del orgullo» de G. K. Chesterton, y apareció este cuentito, no sé de dónde.

Después de escribirlo he caído que hoy es el Día de la Tierra. Pero no creo que valga para homenajearla.

Ni para nada.

Dicen que, desde el principio, toda su creación fue dinámica: las energías, las órbitas de los planetas, la sangre en las venas. Todo era energía, todo movimiento.

Al principio, animales y plantas, todos por igual, caminaban vivos por el jardín. Se mojaban en la imparable corriente del río; calentaban sus plumas, pieles, cortezas y tallos con el sol; o se dejaban abrazar por la lluvia que se deslizaba por los toboganes del viento, unos y otras por igual.

En el jardín, el más apreciado por todos era, quizá, el viejo olmo que caminaba despacio y algo encogido por el tiempo, que por curvar, curva hasta el espacio. El viejo olmo no iba a ninguna parte, porque no había ningún lugar al que ir. Sin embargo, te digo que, de haberlo habido, no habría llegado, ya que todos, al verle, detenían su paso, le hacían detener el suyo y se paraban a charlar o saludarle o abrazarlo, si disponían de patitas suficientemente largas.

Un buen día, el olmo escuchó el rumor de que la pareja se había saltado la prohibición. Para comprobarlo, aligeró el paso cuanto pudo, que no era mucho, y fue en su busca. Quería saber si era verdad, si habían sido tan osados.

Les encontró de milagro. No hubo tiempo de preguntar, pero no hizo falta. Tampoco pudo despedirse. Avergonzados por su error, el olmo los vio marchar, expulsados al otro lado de la valla, de donde se decía que era tan difícil volver que llegaba un momento en el que se dudaba de la propia existencia del jardín.

Desolado, el olmo se sentó sobre la loma. Caminaban cogidos de la mano, hacia el horizonte. El ocaso llegó, la luz desapareció, y con ella también la pareja.

A la mañana siguiente, el olmo continuaba allí, sumido en su honda tristeza. Pasaron varios días más. Sin darse cuenta, sus pies se habían estirado y hundido en la tierra.

Todos los seres vivos, al descubrir su nueva situación, fueron acercándose para estar con él, para tratar de mitigar su dolor con su compañía. Pero su pena era tan profunda que nadie lograba encontrar un consuelo con el que aliviarla.

Más días pasaron. El viejo olmo, con su tronco encorvado, empezó a amarillear por las hojas. Luego, sus ramas se secaron y se tornaron tan frágiles que todo el mundo debía andarse con cuidado, ya que hasta una mariposa, con su imperceptible aleteo, las quebraba. Los animales, viendo que podían causar más mal que bien, se fueron marchando. Además, necesitaban cuidar de sus crías, a las que no podían dejar desatendidas en sus madrigueras. Las plantas, sin embargo, podían ser suficientemente silenciosas. Además, como se alimentaban de los nutrientes que encontraban en tierra, no necesitaban guarida o refugio alguno, por lo que decidieron quedarse y pasar sus últimas horas con él, abrazando su tronco si su tamaño se lo permitía.

Pasó el tiempo. Las plantas vieron como también sus pies se alargaron y se introdujeron en la tierra. Echar raíces fue su manera de adaptarse al dolor de la vida y sobrevivir. Nunca necesitarían abandonarle.

Alrededor del olmo se fueron arrimando todas las plantas del jardín: los arbustos, como primos y sobrinos que vienen desde lejos y se quedan con la familia, atrajeron otras plantas más pequeñas, que se quedaron por la seguridad que allí encontraron.

Todas acabaron unidas al olmo, unidas a la Tierra.

Entonces, el dueño del jardín observó que aquello ya no era un jardín. Sobre la loma hay algo nuevo, pensó, algo innato. Y lo llamó naturaleza

Entonces se propuso reconstruir su jardín. Para ello, arrancó la loma, la desplazó hasta el otro lado de la valla, y la depositó cerca del lugar en el que la pareja luchaba por sobrevivir.

Al advertir donde estaban, zarandearon con cuidado el tronco del olmo. Querían mostrarle que la pareja estaba allí, con ellos, que se podía hacer algo por ayudarles. Todos esperaron alguna reacción, pero el viejo olmo no reaccionó. Sus ramas secas cayeron al suelo, dejando a la vista un tronco hueco, sin vida.

La naturaleza fue creciendo en círculos a su alrededor, manteniendo el tronco siempre en el centro, como una suerte de ombligo de un cuerpo gigantesco. ¿Cómo creció tanto el ecosistema sin dejarlo a un lado?, es un misterio que solo los sabios podrán explicar.

Por no saberlo, no lo sabe ni el dueño, que ahora vuelve a tener su jardín, sí, pero con un vacío en su corazón que, como el de la loma, no sabe si algo podrá ocuparlo de nuevo.

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