Pirotecnia y Joyride de Roxette

Pirotecnia y Joyride de Roxette

Hace poco fallecía Marie Frediksson, la cantante del dúo sueco Roxette.

Uno de los discos de mi juventud fue «Joyride».

Me puse a escribir con él de fondo, sin parar y sin pensar, como hago a veces, en modo automático. Salieron muchas frases sin sentido e inconexas, pero pasado un rato encontré un «hilo», y empecé a tirar de él.

En vez de alguna clase de homenaje a la cantante, me ha salido esta confesión al estilo de Kevin Spacey y Keyser Soze de Sospechosos Habituales. Así es la creatividad…

Pirotecnia

Estoy impaciente. Tengo información de primera mano, de esa que en las películas dicen privilegiada. De primera fuente.

No, no puedo decirlo. Es él quien lo va a hacer. Él, el que lo sabe todo, el que lo controla todo. Me lo ha contado porque tiene confianza en mí. No soy peligroso. ¿Qué puede hacer alguien como yo, un apestado, un marginado sarnoso? No sé casi ni leer, con las cuatro cuentas básicas voy justito, la cadera se me quedó mal… ¡Qué sabré yo! Soy de total confianza para él. Así que me lo cuenta. Aparece sin que yo lo espere ni lo llame ni nada, se sienta a mi lado, hablamos de todo un poco. Del tiempo, del gobierno… Siempre me pregunta por mi esposa, le digo que lleva veinte años muerta, mi mujer, me dice que no diga mi mujer, que las mujeres no son de nadie. Siempre igual, más o menos. Luego está un rato callado y es cuando empieza a contarme por qué ha venido. Yo le dejo hablar. A veces pregunto y él a veces responde, a veces no. Si no lo hace, no le insisto. Él sabrá.

Parece serio pero nos reímos mucho juntos, de sus bromas, claro. No le gusta alardear de sus planes, me los cuenta como si fueran lo más normal. Mis planes son mis planes, me dice. Todo tiene su porqué, abuelo, me dice, y yo asiento y le miro de reojo porque su cara y sus preguntas por mi esposa muerta me producen escalofríos.

Total, que, como siempre, antes de irse me suele preguntar. ¿Mañana?, le digo, sí, estaré aquí también, como siempre. Te lo digo, me dice, por si quieres ir a la calle tal, al parque cual, depende de la ocasión, y yo digo claro, puedo ir. Allí habrá fuegos artificiales, dice, a partir de tal hora. Claro hombre, digo yo, si me avisas cómo me los voy a perder. Entonces él vuelve a sonreír y yo sigo sin mirarlo de frente. Una vez lo hice, una y no más. Esas pupilas… no son normales, no, no señor, no lo son, algo raro tienen. Pero no te pongas cerca del puesto de la Once, me avisa mientras se levanta y se alisa las perneras del pantalón, que no sé cómo no se las rasga con esas uñas largas y negras que tiene, que más parecen garras que otra cosa, dice ni en el puesto de los ciegos ni en la casa de apuestas. Vale, le digo yo, vale, así lo haré. Entonces se despide y es la única vez que me llama por mi nombre. Me dice, bueno, Damián, me tengo que ir. Yo no sé el suyo y en todos estos años no he querido preguntárselo. Nunca, nunca lo he hecho, a lo mejor por eso confía en mí. Él tampoco me lo ha dicho nunca así que creo que es lo mejor. Dejarlo estar.

Ya por la tarde vengo corriendo y entro en el bar de Merche. Estoy agitado. Los fuegos artificiales han sido muy bestias, pero mucho mucho. Le pido a Merche el café con leche de siempre, con la leche muy caliente, casi hirviendo. Me siento en una mesa para ver la tele y empiezo a calmarme. Ya conectan, ¡qué nervios! Intento controlar dónde están las cámaras que llegan primero para no salir. Si alguien se diera cuenta de que, siempre que hay fuegos artificiales estoy yo por ahí mirando, sospecharían algo. Aunque no tengo nada que ver, claro, ya te lo estoy diciendo, que es él el que siempre aparece, o no sé si siempre, por lo menos siempre que quiere, viene y me cuenta las cosas que va a hacer, me pregunta por mi mujer, mi esposa muerta, y luego me las cuenta. Si yo saliera en la tele, si dejara que las cámaras me grabaran, alguien empezaría a sospechar de mí. Lo sé, lo veo en las series de la tele. Por eso he dejado de verlas, porque me pongo como paranoico, la verdad, y pienso que, a lo peor, si no hay nadie más a quien trincar, si no tienen ningún otro sospechoso, a lo peor acabo yo comiéndome el marrón. Creo que él no quiere eso. Yo creo que me avisa por diversión, porque sabe que a mí también me gusta la pirotecnia. Por lo que sea me viene a ver y me permite saberlo antes que nadie. Le caigo en gracia.

Merche me ha traído el café pero está un poco frío… Ahí están, mira mira mira, los reporteros, las unidades móviles, las declaraciones en el tuiter. Coño, a ver si aparece Merche y me lo calienta hasta que hierva, o me pido otro, da igual, hoy ya tengo la tarde echada, pasándomelo pipa, divirtiéndome, tranquila Merche que no tengo prisa, que hoy ya no tengo nada que hacer.

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