Sobre Alicia en el País de las Maravillas I

Sobre Alicia en el País de las Maravillas I

  • Un cuento corto al estilo de Lewis Carroll

La boda de Alicia
Cuando Alicia despertó esa mañana de lunes, no sabía lo que le esperaba: una boda peculiar, el reencuentro con unos viejos amigos de la infancia (a los que olvidó al hacerse mayor) y con una amiga también relegada al olvido: la niña que fue.

–Madre mía –dijo Alicia, mirando el despertador con un ojo cerrado y el otro abierto–, ¡pero qué tarde es!
Echó de menos a Toby, su perro, que a menudo la despertaba temprano para que lo sacara a pasear, pero el animal permanecía en su caseta, sumido en sus propios sueños.

Alicia se levantó de la cama de un salto, se calzó sus pantuflas de siempre y se dirigió al armario en busca de su ropa. Al abrirlo, un conejo blanco, vestido con chistera y chaleco negros, cayó rodando hasta sus pies.

–¡Al fin! –dijo el conejo, resollando por el esfuerzo, mientras se incorporaba–. ¿Tú sabes cuánto me ha costado alcanzarte?
–No, no lo sé –respondió ella, mirando el fondo de madera de su ropero con los dos ojos abiertos–. Pero… si llevo horas en la cama durmiendo.
–Eso haré la próxima vez –replicó el blanco animal, alisándose el chaleco–, correr tras la cama. ¡Nunca ha habido ninguna más veloz que un conejo! Al menos, que yo sepa. Menos mal que estás vestida, ¡vamos tardísimo!
–¿Vestida? –Alicia se miró su camisón blanco–. Pero… ¡si es mi viejo camisón de dormir!
–Pues es un viejo camisón muy hermoso… Curioso calzado, supongo que de diseño… –dijo, examinando las pantuflas con su monóculo. De repente la cogió de la mano–. ¡Vamos Alicia, la boda no puede esperar! –y saltó al interior del armario, arrastrándola consigo.
No sabría decir Alicia cuánto tiempo estuvieron cayendo por ese túnel tan largo. A lo mejor, como la otra vez, es que en realidad caían muy despacio por él. «¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar, y cómo será esa boda?», se preguntaba la niña mientras su cuerpo giraba y giraba en el aire.

Cuando logró dejar de girar, una paloma cruzó flotando delante de ella, moviendo el cuello al ritmo de sus patitas.

–No confíes en nadie –le dijo la paloma cuando pasó frente a su cara.
–¿Qué quiere decir eso?
–Está bien claro –replicó el conejo, molesto–. Pues que confíes en alguien ¡Cualquiera lo habría entendido!
–Pues… gracias, señora paloma –dijo Alicia, pero el ave ya había desaparecido.

–Mira ahí abajo, niña. Ya estamos llegando. Al final no nos hemos retrasado demasiado.

Alicia bajó la mirada. Al fondo del túnel descubrió una puerta de madera que, poco a poco, se les acercaba. La puerta creció y creció hasta que ambos atravesaron el ojo metálico de su cerradura y cayeron en un prado verde repleto de hermosas flores de todos los colores, excepto el verde.

–Esto es muy bonito, conejo. ¿Dónde estamos?
–Justo en el punto de recogida, niña. Aquí debemos esperar.
Alicia contemplaba las flores que llenaban el prado, a cuál de todas más bella. Se le ocurrió arrancar una de pétalos grandes y púrpuras que estaba a sus pies.

–Conejo, ¿estoy guapa? –preguntó al ponérsela en el cabello.
–¡Estás egocéntrica! –respondió la flor con voz aflautada, regresando al suelo de un salto.
–¡Pero qué sitio más loco! -dijo divertida.
–Aquí todos estamos locos –dijo el conejo–. También tú, o no habrías vuelto para casarte.

Alicia lo miró con (de nuevo) los dos ojos muy abiertos. De un golpe comprendió que, en la boda, ella era la novia. ¡La novia!

–Pero yo no quiero casarme, conejo.
–Esa es una muy buena noticia sin duda –replicó el animal–. Sobre todo para los invitados.
–Y para el novio, que se pondrá loco de alegría. Voy a llevarte con él, querida Ali –dijo una voz familiar que parecía provenir de detrás de la chistera del conejo. Alicia observó que un garabato retorcido se dibujaba en el aire, y luego otros dos en el lado opuesto. «Parecen unos bigotes de gato», pensó. Tras los pelos surgieron unos dientes blancos, una gran sonrisa y unas pupilas celestes.

–¡Gato de Chesire! –exclamó Alicia–. ¡Te recuerdo! ¡Qué alegría volver a verte!
–Qué contenta te pones de ver a un gato invisible –replicó la sonrisa, que se amplió aún más–. Sabía que volverías. Casi todos te han esperado tanto que han creído que nunca vendrías. Menos yo, que como nunca te esperé soy el que más se alegra de tu regreso.
–Déjate de cháchara, ratero charlatán –le apremió el conejo–. Tenemos una boda que celebrar.
–Eso dice él, aunque yo no lo creo –anunció la niña.
–¡Claro, querida! Yo soy el maestro de ceremonias. Oye, tienes un traje muy bonito.
–¿Lo ves? Ya se lo dije yo –refunfuñó el conejo.
–Vamos, pequeña, estás a un paso de casarte. A uno, literalmente –y diciendo esto, las pupilas y la sonrisa y los dientes y los bigotes garabáticos del felino se difuminaron y desaparecieron.
–Vamos, Alicia –insistió el conejo en tono amable–. Este será un gran día. Todos los que te queremos estamos aquí. Adelante, estás a solo un paso…
–Uno solo –repitió la flor desde el suelo–. Vamos, mueve los pies…
Alicia se dio cuenta de que estaba nerviosa. ¡Era su boda! ¡Y era tan inesperada! No saber quien era el novio le intrigaba pero no le importaba demasiado porque había decidido no casarse.

Aun así, esperaba celebrar una gran fiesta con sus locos amigos. Sobre el prado verde todas las flores la animaban con sus pétalos de colores.

«Vamos», pensó, «solo es un paso».

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