Sobre Alicia en el País de las Maravillas II

Sobre Alicia en el País de las Maravillas II

  • El final de la nueva visita de Alicia a Wonderland:

Alicia dio un paso adelante y de repente todo se transformó: delante de ella apareció una mesa redonda debajo de un árbol, junto a una casa. El conejo blanco, un lirón y el Sombrerero Loco tomaban té con pastas mientras otro lirón dormía sobre la mesa, con un hilillo de moco colgando del hocico. Cada uno ocupaba un lateral de la mesa redonda; como nos pasaría a cualquiera, estaban visiblemente incómodos:

-No sé por qué –se quejaba el lirón– las mesas redondas tienen que tener esquinas. ¡Son tan fastidiosas! Siempre molestan para merendar… ¡Pero bueno, mirad quién viene por ahí!
–¡Hola! –gritó Alicia con una gran sonrisa.
–¡Mi querida niña! –saludó el Sombrerero, que acudió a abrazarla. Aunque estaba a solo tres pasos llegó a su lado jadeando por el esfuerzo y empapado en sudor–. ¡No sabes lo feliz que estoy de que hayas vuelto donde comenzó todo!
–El conejo me ha traído a una boda. ¿Sabéis quién es el novio?
–¿Quién va a ser? –opinó el lirón–. ¿Te parece que soy yo, o aquí mi amigo, el ocupado? –dijo señalando al otro, que soltó un ronquido.
–Princesa, vamos a casarnos. Yo también he venido a mi boda –dijo el Sombrerero–. ¡Pero qué guapa estás!
–Es su camisón de bodas, muy bonito, sí —gruñó el conejo.
–Precioso –respondió en sueños el lirón durmiente.
–Vayamos a la casa. El gato celebrará nuestro enlace –dijo el Sombrerero, y ofreció su mano a la niña, que ya había decidido que se casaría cuando ella quisiera, no cuando esos locos, por muy amigos que fueran, lo dijeran.

Cuando Alicia la cogió, y dio otro único paso, ambos se encontraron delante de una casa, sobre cuya puerta se dibujaba una medio sonrisa de labios finos. No vieron que, tras ellos, había aparecido otra mesa redonda con esquinas también redondas, en la que la Reina de Corazones iba abriendo botellas de té. Cada vez que descorchaba una, murmuraba con los dientes muy apretados: «la cabeza, la cabeza…».

Tampoco vieron que, cuando las dejaba en la mesa, las botellitas se volvían a poner un tapón y de un saltito regresaban a los pies de la Reina, que las volvía a abrir susurrando «la cabeza, la cabeza…».

–Recuerda, querida Ali… –comenzó a hablar el Sombrerero.
–Siempre decir la verdad –completó ella–. Como la otra vez. Pero, ¿dónde está…?
–Amigos míos, un poco de atención –dijo el Gato de Chesire, surgiendo de repente sobre ellos–. Estimados invitados… –se oyó un ronquido al fondo–, despiertos y, ejem… dormidos. Estamos hoy aquí…
–¿Hoy? ¿Cómo que hoy? –dijo el Sombrerero dando un respingo–. ¡Conejo!, ¿a qué día estamos?

El conejo sacó su reloj y lo agitó con ansiedad.

–Hoy… hoy es día cuatro –respondió.
–¡Cuatro! ¡Hoy es cuatro! ¿¡Son dos días de retraso o 363 de adelanto!?
–Eehhh… yoooo… pues no sabría decir…
–¿Por qué su reloj no marca nunca el año? –preguntó desesperado a Alicia, llevándose las manos a la cabeza.
–Ya hace bastante con marcarme el camino –contestó el animal, arrugando el morro.
–¡Pero la boda era el día dos!
–Bueno –continuó Alicia–, de todas maneras no pensaba casarme. Pero podemos celebrar la no-boda. Estamos todos juntos y el banquete está preparado –añadió señalando a la Reina y sus botellas.

Todos, incluso el lirón durmiente, estuvieron de acuerdo en celebrar la no-boda por todo lo alto. Les pareció una buena idea aunque un poco loca. Se acercaron a la mesa redonda de esquinas redondas, donde cada uno cogió una botellita, en cuya etiqueta ponía «BÉBEME», y una galleta en forma de cabeza, con la palabra «CÓMEME» escrita con chocolate.

Y todos (Gato de Chesire, Sombrerero Loco, lirón despierto, lirón dormido, flor de hojas púrpura, paloma, conejo, y por supuesto Alicia) se lo pasaron fenomenal comiendo y creciendo por encima de las nubes, o bebiendo y haciéndose pequeñitos hasta jugar a esconderse bajo las uñas de los dedos de los pies.

Todos disfrutaban de la fiesta excepto la Reina, que les miraba de reojo, con envidia, sin poder dejar de abrir una y otra vez las mismas botellas… Hasta que, harta de ver cómo se divertían, cogió una, para disgusto de la pobrecita (que no había hecho nada), y la estrelló contra el suelo al grito de «¡¡¡LA CABEZAAAA!!!». Al romperse, todo el té que contenía pringó la cara de Alicia…

El té, caliente y pegajoso, se movió arriba y abajo sobre su mejilla, haciéndole cosquillas igual… igual que la lengua de un perro… que la lengua de Toby…

Alicia despertó en su habitación. Toby la miraba con sus saltones ojos pardos y la lengua rosada colgando.

–Para ya, Toby –dijo perezosamente–, me haces cosquillas…

Se giró para consultar la hora en el despertador de la mesita (para su asombro, descubrió que no marcaba el año). Como era pronto para ir a trabajar, decidió sacar a pasear a Toby. Volvió a mirar el despertador. ¿Qué día había visto? Era lunes, primer día del mes…

—Pero entonces… ¡mañana será dos! –gritó.

De repente recordó todo su extraño sueño.

Esa misma tarde, después del té, decidió (solo por si acaso) hacer algo que sorprendió hasta a su madre: planchó el camisón con el que dormía todas las noches, cosa que nunca jamás había hecho, y se compró un par de pantuflas nuevecitas. Sus primeras pantuflas de gala, se dijo orgullosa.

Porque, acompañada de la niña que fue, decidió que tenía otra visita pendiente.

–Solo tengo que dar un paso, literalmente, para que todo cambie –se dijo, mirándose al espejo del armario, con su camisón de bodas recién planchado, sus pantuflas de pelo de conejo nuevas y los ojos brillantes de emoción.

Y entonces, la Alicia del espejo sonrió.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Información básica sobre protección de datos Ver más

  • Responsable HIPÓLITO QUINTANA.
  • Finalidad  Moderar los comentarios. Responder las consultas.
  • Legitimación Tu consentimiento.
  • Destinatarios  Interdominios.
  • Derechos Acceder, rectificar y suprimir los datos.
  • Información Adicional Puedes consultar la información detallada en la Política de Privacidad.