Textos breves

Texto automático

Otro texto escrito de forma automática mientras suena música, ampliado y desarrollado:

Tuvo que desanudarse la corbata cuando el móvil sonó en su pantalón. Con el corazón en la garganta, metió la mano en el bolsillo, causando el revuelo de las gruesas cortinas tras las que se ocultaba, y lo sacó. La pantalla, que resplandeció en la oscuridad con un brillo tenue, mostraba un mensaje recordándole cierta reunión con su equipo de cirujanos en el hospital en el que trabajaba. Rápidamente lo apagó y volvió a guardarlo. Tiró del nudo de la corbata y el aire seco y polvoriento inundó sus pulmones, reduciendo su nivel de ansiedad. Sintió cómo el polvo se introducía en su garganta y echó de menos los caramelos de miel y limón que siempre tenia en la consulta, pero no podía arriesgarse a dejar residuos en el escenario de sus crímenes. No podía permitirse más torpezas.

Puso una mano sobre la cortina y esta, como comprendiendo la razón del contacto, se detuvo.

Permaneció oculto en la penumbra del dormitorio, esperando pacientemente. Al fin le vio entrar y tensó sus músculos. Le observó mientras se desnudaba, se limpiaba las magulladuras con la esponja del baño y se quitaba el trozo de camiseta que, a falta de otra cosa, se había anudado en el antebrazo para taparse una fea herida que, al fin, parecía haber dejado de sangrar. Le admiró comprobar cómo hizo todo eso en silencio, sin una mueca de dolor. Después le vio tomarse unas pastillas y echarse en la cama, con el pantalón y los zapatos todavía puestos.

Dejó pasar unos minutos, sabedor de que, con el efecto de las píldoras, le sería más fácil acabar con él. Después, salió desde detrás de las cortinas, como un espectro, y caminó despacio hasta la cama, sin dejar de observar su cuerpo lastimado: magulladuras y cardenales, fruto de múltiples golpes y contusiones, destacaban sobre su piel entre la gélida luz blanquecina de la luna y el añil de las sábanas. Tenía la fornida espalda al aire y su respiración era lenta y profunda. La atracción que le causaban las formas amplias y rudas de sus músculos estuvo a punto de hacerle cambiar de opinión. Pero el atisbo de duda no duró más que unos segundos. Era un profesional que siempre cumplía con su trabajo. No había creado su prestigio a base de flaquear.

El momento había llegado. Se acordó de cómo la prensa trataba este tipo de sucesos. Esta vez la rutina no tenía por qué variar: primero harían una amplia cobertura de la desaparición del hombre, dando suficientes detalles como para crear cierta psicosis social, relativa y temporal (no había que abusar de este recurso o perdería su efectividad); algún tiempo después, dependiendo de la repercusión alcanzada, hallarían el cadáver, le realizarían unas primeras y mediocres investigaciones que no llegarían a ninguna conclusión, y acabaría todo olvidado, diluido entre el maremágnum de noticias diarias. En consecuencia, la adocenada sociedad se olvidaría también del caso, borracha de tanta información.

Regresó a la cortina, donde había dejado oculto su maletín. Quizá la prensa le llamara, en esa primera fase del proceso, para comentar el crimen en alguna tertulia. No sería la primera vez, pensó, extrayendo cuidadosamente del maletín el pañuelo de seda y la botella de éter. Hoy no era necesario, pero nobleza obliga. Por profesionalidad mantendría el modus operandi.

Mientras empapaba la seda con el anestésico, experimentó de nuevo esa sensación en la boca del estómago: la certidumbre de que, ni salvando vidas ni quitándolas, conseguía dejar de sentirse vacío.

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